Archivo mensual: febrero 2011

El sabor del terrazgo

Hace ya un tiempo leí un libro de los que por diversas razones, bueno, marcan de alguna manera. Este libro fue el Jinete Polaco de Antonio Muñoz Molina. El libro me enganchó precisamente por la capacidad descriptiva que tiene el autor de algunas situaciones, aunque he de decir que en ocasiones se le iba la mano hasta resultar bastante cansino. Bueno esto se solucionaba saltándose o leyendo por encima las partes que, por lo menos por mi parte, eran intragables. De todas formas he de decir que no muchas.

El libro trata de un personaje con sabor autobiográfico que cuenta su vida en pueblo inventado llamado Mágina en la provincia de Jaén. A pesar de este personake principal, al mismo tiempo narra también varias vidas paralelas y sucesivas que se desarrollan desde antes de la Guerra Civil, hasta los años noventa del siglo XX. Pero, para no contar nada importante del libro sólo diré que lo que más me atrajo del mismo cuando leía, fueron algunas descripciones, más que de la vida del campo, de la vivencia del mismo, durante los años finales de la dictadura. Tal vez, porque algunas de esas descripciones no me resultan tan lejanas como pudiera parecer, ni extintas totalmente del campo andaluz.

La definición de los sentimientos sobre lo que supuso la guerra para mucha gente, entre la que hay que incluir a nuestros abuelos, es para mí magistral:

“Porque la infancia había terminado tan prematuramente para ellos que luego casi no recordaban haberla conocido: fueron apartados de la escuela por la llegada de la guerra y un día notaron que faltaba el padre en la casa y que para sobrevivir tenían que abandonar los juegos en la calle igual que unos meses atrás habían abandonado las aulas y aprender la disciplina de un trabajo que les rompía los huesos y les desollaba las manos con el trato de la sogas y de las azadas y les aplastaba los hombros bajo las cargas de leña o de estiércol o de aceituna que los hombres ausentes ya no podían levantar. Crecieron en la incertidumbre de la guerra y en la penuria del racionamiento y se aclimataron se aclimataron a ellas como si fueran los atributos naturales de la vida…”

Y, precisamente, por que interiorizaron eso de tal manera que era “lo normal”, quien no ha escuchado la típica queja viejuna de esas hambrunas míticas o esos tiempos durísimos de los que por alguna extraña razón quieren castigarnos invocando su vuelta:

“…nos relataban los horrores de los años del hambre como enunciando una profecía que vagamente nos amenazaba a nosotros, los que no conocimos esos tiempos, los que no vivíamos el año cuarenta y cinco, el único de todo el siglo del que se acordaban por su número, cuando las semillas no germinaron en la tierra y en la rama de los olivos no llegaron a florecer los racimos amarillos de las aceitunas, cuando a las recién paridas se les agriaba la leche y hasta a los hombres más colosales les aparecían manchas pardas en la piel y se les hinchaba el vientre de comer hierbas amargas y caían fulminados al suelo con los ojos en blanco, reventados por el hambre. Un cuarenta y cinco es lo que hacia falta que viniera, decían, para que supierais agradecer lo que tenéis, pan blanco y carne de pollo y no boniatos y algarrobas, lo que os hemos dado con el sacrificio de nuestra juventud y nuestra vida y ahora desdeñáis. Pues no podían entender que nos importara tan poco todo lo que nos habían ofrecido, que nada de lo que fue su mundo tuviera que ver con nosotros, ni la tierra, ni los animales, ni siquiera las canciones que a ellos les gustaban ni su manera de vestir ni de cortarse el pelo.”

Gente que aunque se niegue, fue con ese trabajo tan duro con el que salieron para adelante, nada de ayudas, sólo ignorados con sus manos; el trabajo su único objetivo, de alguna forma, aún hoy, recuerdan algunas gentes que uno se encuentra en el campo, a sus abuelos o incluso a parientes más cercanos. Porque con ese trabajo que reventaba sus costillas también sirvió para cambiar un país:

“Todo era inverosímil: las familias en cuyos cortijos trabajaba mi abuelo en su juventud ahora estaban en la ruina, y sus palacios eran derribados para construir bloques de pisos. Los hijos desobedecían a los padres y abandonaban los campos para trabajar en la construcción, en los talleres de coches o de carpintería metálica; las mujeres fumaban en público y llevaban pantalones, los hombres se dejaban el pelo largo y parecían mujeres, a los cantantes no se les entendía, se estaba volviendo habitual el escándalo…”

La filosofía del trabajo creada por las carencias de la guerra, las mismas carencias que les había hecho adoptar un orden de cosas que les parecía normal y que les hacía recelar de lo nuevo, para que en el fondo no se volviera a repetir. Algunas palabras que describen como las opiniones o actitudes de esos días se han mantenido, aunque cada vez menos, de tal manera que en cualquier pueblo se podría escuchar esta frase:

“Durante las retransmisiones del Tour de Francia se lo llevaban los demonios: hombres como castillos, en los mejor de su vida, y en vez de trabajar en algo de provecho se extenuaban como idiotas corriendo en bicicleta.”

No se por qué, estas narraciones sin describir mi tiempo de alguna forma veía que aún se reproducían, sin tener que alejarme mucho del círculo más familiar. Ésta fue, en resumidas cuentas, la faceta que más me atrajo del libro. La descripción de una sociedad con unos valores que rápidamente cambiaban con la juventud y que chocaban con ésta, pero que en fondo no me parecían tan lejanos en el tiempo.

Aparte de todo ello, el libro tiene otras virtudes que dejaré que descubra el que quiera leerlo. Yo sólo he querido resaltar la que más me atrajo y en vez de explicarla, mostrarla con algunos de los fragmentos que más me gustaron, entre otros. Es en éstos donde se muestra esa lógica, su lógica, que mucha veces nos choca y no comprendemos y en la que este libro nos introduce. Y que espero despierte el gusanillo de alguno para leerlo.

“Bajo el brillo como de technicolor que había adquirido el mundo ellos sospechaban la torva perduración de todas la viejas amenazas: no confíes e nadie más que en ti mismo y en los tuyos, no te señales nunca en nada, que no se te olvide lo que les pasó a tantos que destacaron por ambición o imprudencia, o ni siquiera eso, que tuvieron mala suerte y fueron arrastrados cuando llegó la venganza como por una inundación…”

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